Me gusta mi trabajo. Supone un
reto para mí. Mi cliente es tan generoso como malvado, en todas y cada una de sus formas, y
debo emplearme a fondo para establecer una defensa coherente.
Como el abogado del diablo, mis
casos son importantes: genocidios, trafico de órganos, compra-venta de seres
humanos… Así que, por favor, no me molesten con sus mezquinos pleitos
sentimentales. ¿Cuáles fueron los terribles delitos? ¿No les amaron lo
suficiente? ¿Traicionaron la confianza que depositaron sin la menor garantía? ¿Fueron
dejados de lado por quién decidió “seguir su propio camino”? ¿O acaso el delito
fue intentar preservar un átomo de intimidad a salvo de un afecto inquisidor? Me
tienta, en vista de lo execrable de su reacción, elevar un informe a San Pedro
para que premie el buen gusto de la actuación de las personas acusadas que, con
excelente criterio, decidieron alejarse. Y ustedes debían, en lugar de lanzar
ráfagas de rabia, tener la inteligencia de reír a carcajadas, satisfechos de no
contar ya en sus impecables vidas con la presencia de tan deplorables personajes.
Un día, sin pensar, dejas de
juntar palabras intentando ensamblar relatos o pensamientos. Te sumerges en un océano de momentos y, en este mundo tan encorsetado, resulta agradable la sensación de
libertad que te envuelve.
Tus ojos siguen viendo historias
en cada rincón: el hombre del tren que come solo, la pareja de edad dispar, el
amable desconocido que te indica qué visitar en su ciudad, los amantes que se
miran ajenos al mundo en la mesa de al lado, el vestíbulo del hotel donde se
cruzan vidas… Pero no escribes.
Surgen anécdotas, vives
experiencias nuevas, descubres facetas nuevas en cuanto te rodea… Pero no
escribes.
Y cuando regresas, deshaces las
maletas, llamas a los amigos, ordenas tu casa, hablas con tu vida. Es entonces
cuando te preguntas sí quieres escribir y sí serás capaz de hacerlo.
Hasta ahora no creía en el gafe.
Alguna vez que otra atravesaba una temporada de mala suerte, pero eso es normal
¿no?
Y digo hasta ahora porque desde
hace unos días…
Gafe uno: Una de las preciosas
copas que compré para celebrar la llegada del 2013 en mi nueva casa se rompió.
No solo la copa estalló sino que sus cristales cortaron mi mano derecha por dos
sitios.
Gafe dos: Sábado por la noche, el
encendedor de cocina (comprado en abril) decide no funcionar. Los domingos por
la mañana instalo mi catering de tupermadre. No fumo, por tanto no hay
encendedores en casa y poco previsora no tengo fósforos. Madrugo (¡¡¡¡ y es
domingo !!!!) en busca y captura de
fuego para mi hogar. Lo consigo y enciendo una vela para mantener viva la llama
(prehistórica y aromática).
Gafe tres: Como poca gente viene
a casa no sé cuánto tiempo lleva el telefonillo de la puerta roto. ¿Os
imagináis que esa visita maravillosa e inesperada haya desistido de hablar
conmigo tras pulsar un timbre que no responde?
Gafe cuatro: Vaso roto, bandeja
con comida por los suelos, paredes convertidas en muestra culinaria. Sin daños
físicos.
Gafe cinco: Viaje a Murcia con
amigos. Café en centro comercial, de golpe una embestida por la espalda. Un
cuerno (de peluche). El astado de nueva condomina por suerte era un armazón
motorizado con forma de toro que no produjo en mi persona herida alguna y sí algunas
risas. Si la montaña fue a Mahoma, los sanfermines vinieron a mí.
Gafe seis: Entrada anterior del
blog: Atrapada en casa.
Gafe siete: Mismo día. Tras el
rescate, procedo a ejercer de madre cocinera. Me agacho buscando filetes de
merluza en el congelador. Crackssssssssssss. Contractura. Calmantes. Madrugada
isomne. Fisio. Agujetas.
Gafe ocho: Tras visitar a la
fisio y, a pesar de las agujetas, vuelvo a la cocina; tengo un hijo que
alimentar. Abro el armario y… un bote de tomate aterriza con sus 500 gramos de peso en el
dedo gordo del pie. Vi todas las constelaciones que podáis imaginar y,
probablemente, alguna más.
Gafe nueve: Cojeando, y con agujetas
(obra y gracia de la fisio), me instalo en el trabajo. El programa de gestión
no va. Me duele el pie. Cuando intento localizar un podólogo a ver qué hay bajo
la uña, sospechosamente cambiante de color rojo a sombrío negro, descubro que
mi móvil ha enmudecido impidiendo que me comunique con el mundo.
Pero de todos mis gafes, el que
más me duele es el diez. Tengo una amiga que, últimamente, a cada uno de mis
absurdos actos o comentarios respondía empatizadora “yo también”. Anoche (aún
tenía móvil en activo), cuando le contaba mis penas por whatsapp le comenté
“Ahora no dices yo también, malvada”. Sorpresa… Lo curioso es que la amistad es
tan solidaria que… (transcribo conversación):
Ella:
Hoy llevo un día…
Empece
Tirando las btagaa al wc
Esta mañana
Bragas
Yo:
Jajaja
He quemado la comida y la cena
Jajajaja
Y he roto dos agujas de la
máquina de coser
Jajajaja
Una de ellas me ha saltado cerca
del ojo
Cerca
Joder
Yo también
Jajajaja
Jajajaja
Mañana será mejor
Cruzo los dedos
Y
yo
Oye
lo de las bragas
Cuéntame
Me lo contó. Y cuando le comenté
mi particular versión de la tomatina de Buñol, aludiendo a lo injusto del
ataque tomatil, puesto que urbanita como soy jamás he arrancado a uno de la
mata como dice la copla, ella recordó que en mi trabajo hay una hermosa torre.
No tuvo que añadir más, pues me asumo con algo de cabra loca y no me costó
visualizarme arrojada al vacío.
Seré gafe pero no agorera. Cierto
que la uña negrea, y posiblemente mañana el podólogo me la arranque coreado por mis juramentos en arameo (en circunstancias extremas me descubro políglota). Pero si
la deja vivir, transformaré mis uñas pasión carmesí en un gótico black solidario para acompañarla. En
cuanto a mí, sin hacer puenting ni cosas de esas, seguiré practicando el riesgo de vivir en modo
Angeling, usando Chance Tendre (¿tendré idem?), mientras busco una pata de
conejo, una herradura, un trébol de cuatro hojas, un mirlo blanco y un
unicornio azul.
Estoy atrapada. No es ninguna
broma. Es imposible salir de casa: la moderna cerradura se niega a funcionar
como es debido y aquí estoy, con sudores claustrofóbicos, en esta mañana de
caluroso verano.
Realmente salir hoy o no me
preocupa poco, lo que me altera es la impotencia. Domingo de julio, todas las
personas a las que podría llamar pidiendo ayuda están en la playa, en el campo
o de vacaciones. En estos momentos tomo conciencia de mi absoluta soledad en
este lugar. No tengo un familiar cerca al que llamar. El único que comparte
censo y techo conmigo aún duerme la
fiesta de anoche con la felicidad de los veinte años y la tranquilidad de los
exámenes hechos.
Podría ser peor. Tenemos agua,
alimentos, libros, televisión, la play (él)… y como es domingo (santo día de
descanso) no hay que ir a trabajar (yo). Sin embargo la sensación de impotencia
le pone la zancadilla a la razón, me invade la desolación y una tristeza
ambigua penetra en los poros del alma.
Domingo. Verano. Encierro. ¡Es
tan familiar sentirse al margen una vez más que debería darme igual! Pero la
perdida de libertad (aunque sea transitoria) muerde y me aúlla feroz el corazón
acelerado.
¡¡¡¡ QUE ALGUIEN ME SAQUE DE
AQUÍ !!!!
NOTA: Soy una Marinervios además de Maripupas. No había pasado ni una hora cuando Las Rescatadoras Myriam y Mini (y eso que es pequeñita y no un san bernardo), estaban bajo el balcón cual romeas esperando las llaves. Desbloqueo de cerradura (en esta casa se bloquea todo últimamente) y libertad celebrada con café sabor a chocolate (ya hay cápsulas de esas y, por supuesto, Marichocolatera compró).
Gracias.
Dicen los meteorólogos que estos
últimos días hemos alcanzado algunas de las más altas temperaturas de los
últimos años. Se sabe que Murcia es una de las ciudades españolas con veranos
más achicharrantes. El sentido común aconseja evitar salir en la franja horaria
de mediodía.
¿Hace falta que os cuente quién
ha ido a Murcia dos veces en los últimos tres días? ¿Habéis adivinado por que
lugar mi cuerpo caminó, entre resoplidos y sudaeras, en las horas fatales?
Lo cierto es que podría no haber
visitado la ciudad panochera. Mis viajes no eran cuestión de vida o muerte (en
todo caso de la mía), y sí perfectamente aplazables. Pero… el gen absurdo que
domina mi ADN se impuso y allí estaba yo en Murciaquéhermosaeres, recordando
que olvidé (¿a qué parece la estrofa de un bolero?) coger un abanico. Lo que sí
hice en mis dos locas expediciones al vestíbulo del infierno (¿sabíais que en
Murcia hay un pueblo llamado Infiernos y otro denominado Purgatorio?), fue usar
el kit
de Murcia-verano. Dicho kit, estudiado a lo largo de varios calurosos
estíos, consiste en usar vestido fresco (da igual si se transparenta algo, el
sol provoca más que un cuerpo 10), sandalias con poco tacón (sí, habéis leído
bien, con poco tacón para caminar con rapidez por la versión asfalto del desierto de Gobi),
y un bolso con toallitas y perfume (el eau de mofett estimula negativamente la
pituitaria).
Leyendo lo anterior no creo que
nadie ose dudar de mi organización preventiva. Iba preparada para pasar calor y
lo asumía. Pero, si yo soy un ente absurdo, la meteorología se lleva la
medalla de oro, y me obsequió con un nublado de media tarde, que culminó en
impertinentes gotas de una lluvia que no llegó a eclipsar el calor (entre
nosotros, la lluvia caía con poco entusiasmo, como por cumplir ná más).
Y regresé a este lugar del
planeta donde me gano el pan y el chocolate, descubriendo que el autentico
campeón del absurdo era el conductor del autobús. Sentada y aterida, lamenté no
haber llevado las pieles de Ana Karenina o, al menos, una chaqueta. Yo, que soy
de Albacete y de frío entiendo, esta tarde viajé durante casi una hora en el
tiempo, y debí llegar con temperatura bajo cero al 28 de diciembre, día de los
inocentes (el aire acondicionado puede regularse lo sé). O eso, o
el conductor es un psicópata, futuro asesino en serie que planea matar a
cuantos cometan el atrevimiento de subir al icebus que maneja.
Con el paso del tiempo uno asume
ciertas cosas. Yo, entre otras, acepto que nunca tendré el físico de una miss y
que difícilmente me entenderé con determinadas máquinas. Y digo “determinadas”
porque con las máquinas marujas sí me
comunico bien. Cuido la lavadora con su antical, la perfumo con suavizante
(además le varío los aromas para que no se aburra), le compro detergentes de
marca, separo las prendas a lavar… Tampoco me llevo mal con la secadora, el
lavavajillas o el microondas. Pero, comprendedme, la máquina que, apretando un
botón, logra mantener limpios a mis hijos y a mi persona, esa es mi favorita.
Otras máquinas, en cambio, se me
resisten. Y las peores, sin duda alguna, son los ordenadores. Ese conjunto de
cables, microchips, transistores, placas… y los demonios que llevan dentro…
Todo eso, me odia y no lo oculta.
Una mujer de letras, como yo, podría haber pasado de puntillas en otra época, armada con una pluma de ganso o
ave similar, un cuaderno donde plasmar sus desvaríos y libros a su alcance. Pero
en el siglo XXI la tecnología te asedia sí o sí. Ya sucumbí al teléfono táctil
y me habitué (¡y cómo!) al WhatsApp, envío mails, una vez compré un libro en Amazon, e incluso el año pasado
logré reservar hotel con Trivago.
Es cierto que, a menudo, tengo
que llamar al servicio de informática de mi lugar de trabajo. Pero me digo que
no seré la única ya que para eso está, o que el problema no soy yo (frase mítica
que tiene múltiples usos) sino mal funcionamiento de intranet. A las pruebas me
remito: en mi casa aún está en activo este ordenador del siglo pasado (catorce años
tiene el pobrecillo y aún aguanta).
Reconfortada por estos
pensamientos y animada por la idea de tener miles de libros a mi disposición,
sin problemas de espacio y con el aliciente de reducir mis gastos de compradora
compulsiva libresca, hace una semana decidí adquirir un libro electrónico.
Consciente de mis carencias, pedí
ayuda a un amigo que, amablemente, comparó terminales y precios, y así volví a casa con un tesoro de más de 9000 libros en su interior. Es verdad que el lunes
cuando presumía de él ante mis compañeros de trabajo, lo bloqueé, y también es
cierto que intentado bajar unos archivos logré abrir 28 ventanas de Internet Explorer.
Pero… me las apaño pidiendo ayuda en plan
damisela en apuros, porque he
descubierto que los informáticos las prefieren rubias y, ante un ordenador,
para rubia platino yo.
Será que es lunes, o que el calor tan anhelado por fin ha llegado (olé pareado super ingenioso)… La cuestión es que pensaba -tengo esa peligrosa tendencia- que, si tuviese que elegir vivir en Mundo Panga o Mundo Frik, evidentemente elegiría el segundo.
No es que me apasione comer palomitas viendo series, películas míticas, o animes (preferiblemente en versión original). Nones. Más de un fin de semana, yo duermo cual marmota feliz mi paréntesis sestero gracias a las películas de Antena 3 (ahora creo que se llama de otra forma, pero las que ponen son igual de malas). Series veo; pero de policías o detectives "muchísmo listos” que siempre descubren a los culpables y llevan vidas solitarias en las que no florece el amor (ea, tengo un lado borde y envidioso). No me disfrazo de princesa Leia, de personajes de Galáctica, o Star Trek. Soy lo que yo llamaría una personal normal, si tal categoría existiese.
Pero… un día, precisamente un 25 de mayo, día del orgullo friki, fui expulsada de Mundo Panga. Abandoné el paraíso de compras sabatinas en el supermercado, vacaciones cerca del mar, donde te quemas por dentro y te bronceas levemente por fuera; interminables, y poco pintorescas, comidas familiares… Finalizaron las largas jornadas en las que el reto era lograr que los filetes de panga resultasen apetitosos.
Me gustan las alas de pollo fritas y el vino con gaseosa. No tengo coche. Leo clásicos, novelas rosa y negras, y también el Cosmopolitan. Uso tacones cuando bajo la basura. Disfruto tanto en una librería como en un centro comercial. Considero comida un Happy Meal, aunque si estoy en modo madre la cocina tradicional no tiene secretos para mí. Y, gracias a Don Limpio, Las Tres Brujas y Fairy, mantengo tan limpia mi casita como las señoras que salen en los anuncios de Cillit Bang.
La lista de mis incongruencias es larga y se incrementa día a día. Pero hay algo que tengo muy claro: los filetes de panga no saben a nada.